Nuestras sombras.
Que suene de una vez y en alto esa estúpida manía de creer en la perfección como método de búsqueda y logro.
Quien sea más que perfecto en esta sala, puede retirarse por donde vino.
Ni yo, ni quienes me rodearon en la infancia, en la adolescencia y ahora en mi adultez estamos aquí sin nuestras sombras.
Los opuestos son tan necesarios como que se atraen.
¿Has pasado alguna vez un otoño sin observar las hojas caer?
¡Lo que te has perdido!
¿Has vivido alguna vez sin observar cómo brotan las hojas en primavera?
Si me dices que no, o eres no vidente (y no estarías leyendo estas líneas) o puede que mientas. O no lo recuerdes (cosa rara, pero podría ser).
Invierno, verano.
Otoño, primavera.
Negro, blanco.
Oscuro, claro.
Frío, calor.
Tibio, fresco.
Luz, sombra.
No sé en qué mundo vives tú. En el mío, me pierdo de los opuestos, me pierdo también de la maravilla de estar viva y de las diferentes elecciones que hay detrás de las distinciones.
Si no elijo la misma ropa en invierno que en verano, tampoco estaré saltando de alegría en un velorio ni armando dramas en la boda de una gran amiga.
Es decir.
Sombras y oscuridades cargamos todos.
Pero hay que aprender a observar, para aportar tanto a uno mismo y a otros como lo hace la naturaleza.
¿Y cómo funciona cuando hay miedos a esas sombras?
Si le tengo miedo a la oscuridad, tal vez encendiendo una luz en esa habitación oscura, el miedo se disipe. Como mínimo, me sentiré más segura sabiendo que puedo ver dónde toco, piso y muevo mi cuerpo.
Entonces, ¿cómo puedes verme a mí misma y observar mi luz si primero no me detengo en mis sombras?
La sombra no es algo feo, malo y poco alentador. Las arrastramos desde que nos empezaron a educar para ser o no ser. Para adaptarnos al medio, para recibir la aprobación primaria: padres y maestros.
De esto no escapa nadie, no hay manera.
Esconderlas no es una solución, sino una piedra en cada decisión y acción que emprendemos.
Porque detrás de todo lo que brilla no siempre rascaremos oro. Cuando el brillo es genuino, auténtico, verás que esa persona reconoce su parte oscura, la pudo ver y distinguir de entre todas sus luces, y las acepta como parte de su naturaleza adquirida.
Si no naciste en un monasterio y fuiste criado entre flores y nubes de algodones esponjosas, entonces estarás dentro de mi círculo y del 99% de personas que te rodean.
Somos iguales y muy distintos.
Y si hay algo en lo que nos parecemos es justamente en esto:
que somos frío y calor, otoño e invierno, altos y bajos, luces y sombras.
Las sombras las pasamos de forma inconsciente a nuestros hijos, a nuestras parejas, a nuestros amigos. Van con nosotros y, si no las hacemos conscientes ni las conocemos, tampoco podemos ponerles luz.
Te invito a observes con más consciencia qué te vuelve oscuro-a, qué te provoca rechazo ante ti mismo-a, qué te incomoda en tus palabras, acciones y a la hora de tomar una decisión.
Si no lo ves, no lo haces consciente.
Y si no lo haces consciente, seguirás igual, llamándole destino.
Es lo que me toca.
Es lo que tengo que vivir.
Es lo que me merezco.
Es lo que me enseñaron.
Es lo que aprendí.
Todo se aprende y se desaprende.
La gran comedia deja de ser tragedia cuando desaprendemos lo aprendido.
Anímate.
Que tengas un día lleno de aprendizajes.


