No fue hace mucho, ya era peluda.
Estaba en un tren que iba de Bombay a Jaipur. Se me ocurrió ir al norte primero para ver varias cosas que tenía en mente, antes de ir a Calcuta a una ONG.
Esto fue en el 2013, había cumplido mis 40.
Casi me meo encima.
Es madrugada y yo duermo en una litera superior. Con una manta liviana y un bolso de almohada. La noche es larga. Varias horas para llegar a destino.
La India es grande.
Cada viaje que te prometen en 4 horas, tú calcula el doble.
Si supuestamente eran 8, ya saca las cuentas.
Hay dos indios debajo de mi literaen ambos lados, y en la parte superior frente a mí, un israelí con quien luego haremos migas y compartiremos resto de viajes y aventuras. (Este detalle yo lo desconozco en ese momento, cuando no aguanto más las ganas de ir a un baño. Solo charlamos un poco al encontrarnos en ese vagón de día).
Bien.
Me dan ganas de ir al baño (para variar) y está todo oscuro.
Intento arrastrarme como puedo hasta la punta, donde una cortinita de tela me separa del pasillo estrecho. Digo como puedo, porque en realidad no puedo mantenerme sentada. Mi cabeza choca contra el techo del vagón por el espacio reducido.
En estos momentos, no sé por qué pienso en el holocausto. Horrible la sensación, porque solo toco de oído a través de películas y los años. Tan antigua no soy. Es por el miedo y la incertidumbre, no por la realidad
(Por supuesto, oye, que por muy mal que estemos… NADA se le compara).
Hambre. Sed. Frío. Al rato ahogo de asfixia. Incomodidad. Dureza. Cero gente familiar. Otro idioma. Soledad.
Todo eso juntito me llega en estos días, desde que salí de Bombay donde me alojé en lo de mi amiga Valeria
Llego a la punta y sigo escuchando lo que en la India es típico: cánticos, rezos, ronquidos, algún grito lejano, el sonido cansino del tren, pasos, gritos cercanos.
Aquí te venden cualquier cosa a cualquier hora. No van a respetar el descanso de nadie porque no es costumbre. Ellos pasan noches despiertos.
Me quedo paralizada. El pasillo oscuro, no; lo siguiente.
No encuentro cómo apoyar mi pie en la cama inferior, porque mi estatura es poco más de metro y medio, y la altura de las literas supera mi capacidad de acción.
¿Qué carajo hago?
Me meo. En serio que me meo.
¿Y dónde estará el baño?
¿Habrá baño, por cierto?
Miro con la luz de mi teléfono móvil y Jonathan (el israelí) duerme. Hijoesumadre. Qué envidia.
Siendo tan cojonuda desde hace años, cuando mi mentalidad y mis objetivos a cumplir cambiaron en ese proceso de post-divorcio-qué-carajo-hago-con-mi-vida-si-salgo-del-sistema-de-creencias-con-el-que-crecí, aquí en ESTE tren, muero de miedo.
No sé si es mi vejiga o qué, pero empiezo a temblar. Mucho.
Esto es lo que sucede cuando estás en peligro. Aunque el peligro sea inventado.
Posible, sí. Todo lo posible que imaginemos.
¿Probable? No lo sabemos.
El cuerpo se prepara y acciona. Como en la época de nuestros ancestros de las cavernas. Atento, peligro.
Todo bien con la India, pero nadie se mea encima en los trenes ni buses ni en la calle. En todo caso, mean donde pueden y como pueden, pero no encima de sus cuerpos.
Todo bien con mis aventuras, pero no me costaba nada averiguar de antemano. Creo recordar que lo intenté y no comprendí las respuestas.
Todo bien con la incertidumbre, pero te estás meando, Darling. O sea: tiembla todo lo que tu cuerpo te pida, llénate de miedo, de noséquécarajohacer, pero haz algo, ¡por el amor de Zeus!
Trago saliva. Me sostengo de la cortina y pego un salto.
La distancia hacia el suelo es demasiada, no pude calcular por la oscuridad, la linterna del móvil es escasa para ese espacio.
Rompo la cortina. Despierto a los indios. Mi móvil vuela a metros por el pasillo hacia mi derecha (en la oscuridad). Siento más gritos de un vendedor ambulante que viene en dirección hacia mí por mi izquierda. Rompo en llanto.
Esa no es mi costumbre. Pero créeme que me cagué en las patas, no literalmente, pero no daba más de miedo.
No me hice encima, pero quedé desparramada, dejé a mis acompañantes del vagón sin cortina y sentí manos encima. Por suerte, eran manos buenas: alguien intentaba ayudarme, me hablaron en inglés.
Cuando el vendedor se tropezó conmigo, lo tuve encima y se desparramaron sus mercancías (comida).
Sentí puteadas, en hindi y en inglés.
Yo balbuceaba: I´m so sorry, I´m really sorry, just need a toilet.
He vivido cosas más vergonzosas y con miedo. Miro hacia atrás y ahora me río, pero en ese momento, me sentí una imbécil, aterrorizada con mis razones a cuestas, pero eso no es valentía.
Valentía es lo que vino después.
Hay una diferencia entre ser valiente y ser pelotudo-a (gili).
Hay una diferencia entre tener cerebro propio y uno prestado.
Hay una diferencia entre estar preparado para el miedo que no atreverse a vivirlo.
Hay una diferencia enorme entre hacer una elección con toda la información y tener la sabiduría cuando no tienes toda la información.
De eso se trata.
De que podemos pifiarla mil veces, pero la mejor forma de preparación no es tener un plan y un escenario específico
(encontrará el baño al final del vagón número X. Las luces se encuentran en la parte superior del lado B. Si necesita salir de su camarote a X hora, tenga en cuenta que…).
Es tener una mentalidad que pueda gestionar la incertidumbre.
Lo aprendí haciendo esto. Aunque sigo con prueba y error. Aprendiendo de eso para no repetir, porque no me interesa.
¿A ti?
Que tengas un gran día. Repleto.
1 – No me hice encima. Me levanté, limpié mis lágrimas, pasé por encima del vendedor y escuché que Jonathan me llamó por mi nombre (Wow, se había acordado). Pedí disculpas, miré a Jona que reía y me señalaba a la izquierda. Le sonreí y seguí mi camino. Agarrada de barrotes oscuros como podía, acomodándome al vaivén infernal del movimiento, fui abriendo huecos, mirando a mis costados y encontré las letrinas.
2 – la imaginación no te da para saber con certeza lo que te espera. Jamás. Salvo que seas vidente.
3 – Sirve para todo en la vida.


